“Me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa; afianzó mis pies sobre roca, y aseguró mis pasos; me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios. Muchos, al verlo, quedaron sobrecogidos y confiaron en el Señor” (Salmos 40, 3-4). Este salmo encaja perfectamente con lo que han vivido algunos de los jóvenes varones que se preparan en el seminario mayor Redemptoris Mater de Abiyán (Costa de Marfil, África Occidental) para convertirse algún día en sacerdotes. Y es que algunos vivieron momentos difíciles y sufrieron profundas heridas del alma, algunos incluso habían estado sumidos profundamente en diversos pecados. Nadie se hubiera imaginado que algún día llegaran a ser sacerdotes, y menos aún, ellos mismos. Sin embargo, Dios llama a quien Él quiere, y puede curar todas las heridas del alma y transformar interiormente a una persona hasta tal punto que esta se convierte e incluso llegue a ser sacerdote. Estos hombres serán un testimonio vivo del poder de la gracia de Dios sobre las personas débiles y, de este modo, ayudarán a otros a convertirse y a sanar en su interior.
Yves Guillaume (36) es uno de los que han podido experimentarlo. Confiesa: “Hoy comprendo, con la ayuda del Espíritu Santo, que toda mi historia es santa y tiene un sentido último, que es Dios. Es una obra maestra de Dios, el Padre, por mediación de su único Hijo, Jesucristo, en el Espíritu Santo y a través de la Iglesia. Por eso me pongo a disposición como signo de gratitud para decir: ‘Aquí estoy, Señor, acudo a hacer tu voluntad’”. Yves Guillaume describe los años de su formación como una “gracia especial, a través de la cual Dios me purifica cada día, igual que se purifica el oro en el crisol”
Para formar y educar intelectualmente, espiritualmente y en la vida comunitaria a estos futuros sacerdotes, que estarán a disposición de toda la Iglesia universal como misioneros, se necesitan, naturalmente, recursos. Sin embargo, el seminario solo subsiste gracias a la confianza en la Divina Providencia, y vosotros podéis formáis parte de ella contribuyendo a que estos 19 jóvenes, en su mayoría procedentes de familias pobres, puedan seguir la llamada de Dios.
Grégoire, uno de los seminaristas, les ha escrito en una carta: “Su decisión de ayudarme es un regalo para mí y no tengo palabras para agradecéroslo lo suficiente. Sus donativos son un verdadero estímulo y una muestra de confianza en mí, para que, al finalizar mi formación y con la gracia de Dios pueda ponerme por completo al servicio de la Iglesia universal. Sus aportaciones me permiten continuar mi formación con entusiasmo y esmero”.