Padre Luigi Maccalli, trabajaba en el pequeño poblado de Boamanga (Níger), cuando fue secuestrado la noche del 17 de septiembre de 2018 por hombres armados y trasladado a Malí, comenzando un calvario de 750 días en manos de fundamentalistas islamistas. El misionero italiano de la Sociedad Misionera Africana (SMA), tiene ahora 62 años y lleva más de veinte como misionero. Tras ser liberado, el sacerdote compartió con Ayuda a la Iglesia que Sufre (ACN) su dolorosa experiencia, el aprendizaje del perdón y cómo la oración lo sostuvo en medio del desierto.
Al percatarse de que sus captores eran yihadistas y no delincuentes comunes, el sacerdote vivió un profundo dolor inicial:
«Fue como recibir un golpe en el estómago. Sentí como si una enorme piedra hubiera caído sobre mí y me aplastara. Era un peso demasiado grande y lloré de desesperación. Cada día partíamos en motocicleta, alejándonos cada vez más de los lugares que conocía, y mi angustia crecía al comprender que sería cada vez más difícil escapar».
Experiencia en cautiverio del Padre Luigi Maccalli y perdón a sus captores
Durante más de dos años encadenado, el sacerdote no cedió al odio, transformando su prueba en una vivencia de la lógica de las Bienaventuranzas. Frente a las amenazas explícitas de muerte —como la del 23 de mayo, cuando un yihadista le advirtió que le dispararía en la frente—, el misionero halló paz al recordar las obras de misericordia inscritas en las puertas de la iglesia que había inaugurado en Boamanga.
«¿Cómo puedo amar a estas personas que me han quitado la libertad, me han mantenido encadenado cada día y me han amenazado de muerte? Solo cuando fui capaz de decir, junto al hombre en la cruz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen», pude comprender plenamente la nueva lógica de las Bienaventuranzas».
«El odio es un callejón sin salida. Sentía una profunda compasión por mis captores. Son jóvenes adoctrinados por vídeos de propaganda y marcados por una enorme falta de educación. Me entristecía ver que aquellos jóvenes, por cuyo mejor futuro yo había entregado mi vida, desperdiciaban la suya por un ideal de muerte y violencia».
La oración en el desierto y la solidaridad internacional
En medio de la cautividad, la oración espontánea y un rosario elaborado con retazos de tela se convirtieron en su vínculo diario con Dios y con las comunidades por las que intercedía:
«Aprendí a ser misionero con el corazón y no con los pies. Rezaba la oración del corazón y recorría con él los caminos que antes transitaba a pie o en coche. Descubrí, durante el cautiverio, que rezar es combatir la soledad de sentirse abandonado por Dios».
El sacerdote expresó su gratitud por las oraciones universales que hicieron posible su liberación y por el acompañamiento del Vaticano, que culminó con una audiencia especial con el papa Francisco el 9 de noviembre de 2020. Finalmente, envió un mensaje de aliento a las comunidades cristianas de países como Malí, Níger, Nigeria, Burkina Faso, Camerún y Mozambique que continúan sufriendo el terrorismo, animándolas a seguir trabajando incansablemente por la paz.
Y ese mensaje de paz es el que la Iglesia busca compartir allí donde está. Los misioneros lo dejan todo para servir a las comunidades y compartir la fe. Pero como dice el padre Macalli, ser misionero puede tener muchas formas. Sin olvidar que la patrona de las misiones es santa Teresita del Niño Jesús que se santificó en un convento en su tierra natal.
Para él, durante dos años, la misión fue ofrecer su sacrificio y rezar. No pudo hacer absolutamente nada, sus intensos días de trabajo en Bomoanga se redujeron a jornadas en soledad. Como ya no podía celebrar la misa, se aferró a los salmos y a la oración del rosario.
En entrevista contaba lo paradojal de ese tiempo. “Esos dos años fueron más fecundos que los veinte que pasé en África… Tuve que dejar el timón de la misión a Dios, aceptar ese cambio de programa y dejar que todas las preguntas que ya creía haber resuelto volvieran a sacudirme. Para poder encontrarme de nuevo con Dios.”