El norte de Nigeria suele aparecer en los titulares por la violencia, los secuestros o los enfrentamientos religiosos. Sin embargo, en medio de esa realidad también existen numerosas experiencias de convivencia entre cristianos y musulmanes. Para monseñor Gerald Musa, obispo de Katsina, el mayor desafío no es únicamente la diferencia de religiones, sino la inseguridad, la corrupción y la falta de justicia, problemas que afectan a toda la sociedad.
Así lo explica el obispo durante su visita a la sede internacional de Ayuda a la Iglesia que Sufre (ACN), en la cual describe la vida en una diócesis situada en un estado con una población mayoritariamente musulmana —cerca del 98 %— y una pequeña minoría cristiana.
Lejos de la imagen de una convivencia permanentemente rota, el obispo asegura que el diálogo forma parte de la vida cotidiana. «Hay muchas familias en las que unos miembros son musulmanes y otros cristianos. Conviven en paz porque los vínculos familiares son más fuertes que las diferencias religiosas», explica.
Esa convivencia también se refleja en los mercados, los barrios y las escuelas. En los centros educativos de la diócesis, la mayoría del alumnado es musulmán, pero estudia junto a los cristianos con total normalidad. También las autoridades civiles fomentan, según el obispo, un clima de respeto mutuo mediante gestos públicos de cercanía hacia la comunidad cristiana durante la Navidad y la Pascua.
Aun así, persisten algunos prejuicios. Dado que la etnia hausa ha estado históricamente vinculada al islam, todavía sorprende a algunas personas descubrir que existen cristianos hausa. «Algunos siguen pensando que un hausa no puede ser cristiano y creen que, si lo es, debe venir de otro lugar», comenta.
La justicia por encima de la religión
Monseñor Musa recuerda que la implantación de la sharía en varios estados del norte de Nigeria a comienzos de los años 2000 provocó importantes tensiones y episodios de violencia. Sin embargo, considera que el problema de fondo ha sido la utilización política de la religión.
«Mientras la atención se centraba en cuestiones religiosas, seguíamos sin resolver problemas como la corrupción, la impunidad o la falta de justicia», afirma. A su juicio, tanto el cristianismo como el islam comparten valores esenciales que deberían servir como base para construir una sociedad más justa. «Ambas religiones condenan el robo, el asesinato o el adulterio. Esos principios comunes deberían ayudarnos a construir un país donde la ley sea igual para todos».
Otro de los fenómenos que más le preocupan es la llamada «justicia popular», especialmente cuando alguien es acusado de blasfemia. En ocasiones, explica, basta una acusación —sea verdadera o falsa— para que una multitud decida actuar sin esperar la intervención de los tribunales. «La vida humana es sagrada. Tanto si la víctima es cristiana como musulmana, ningún linchamiento puede tener cabida en una sociedad civilizada».
El obispo recuerda casos de personas asesinadas sin haber tenido la oportunidad de defenderse y lamenta que estas prácticas continúen produciéndose. «Nadie puede ser condenado sin ser escuchado. Si alguien ha cometido un delito, corresponde a los tribunales juzgarlo».
«Los secuestros se han convertido en un gran negocio»
Junto a los conflictos relacionados con la religión, la diócesis afronta otro problema creciente: la expansión de bandas criminales dedicadas al secuestro, el robo de ganado y los ataques contra poblaciones rurales. «Los secuestros se han convertido en un gran negocio y en un gran problema», afirma el obispo.
En su opinión, detrás de esta violencia confluyen numerosos factores: intereses económicos, luchas por el control de recursos naturales, manipulación política y el abandono histórico de muchas comunidades rurales. La falta de educación y de oportunidades para miles de jóvenes también alimenta un clima de inseguridad que afecta por igual a cristianos y musulmanes.
Educar para construir la paz
Frente a estos desafíos, la Iglesia apuesta por el diálogo y la colaboración con los líderes musulmanes. Monseñor Musa explica que obispos y emires trabajan conjuntamente para responder a problemas que afectan a toda la población, como el aumento del consumo de drogas entre los jóvenes.
La cooperación también se hace visible en el ámbito educativo. El obispo recuerda el caso de un propietario musulmán que cedió gratuitamente un colegio para que pudiera utilizarse como escuela para personas desplazadas por la violencia. Hoy, tanto niños como adultos reciben allí formación gracias a esta iniciativa conjunta.
Para la diócesis, la educación representa mucho más que un servicio social. «La educación es una de las mejores herramientas para construir la paz». Por eso, la Iglesia ha abierto sus escuelas a familias desplazadas —la mayoría de ellas musulmanas— y promueve programas de alfabetización para adultos que perdieron la oportunidad de estudiar a causa de la inseguridad.
Para monseñor Musa, estas iniciativas demuestran que, incluso en un contexto marcado por la violencia, cristianos y musulmanes pueden trabajar juntos por el bien común.
«Cuando educamos a los jóvenes y acompañamos a quienes han perdido todo, estamos sembrando esperanza para el futuro».