Gloria Cecilia Narváez: Una vocación que el sufrimiento no pudo detener

Gloria Cecilia Narváez

Estamos en el mes de la misión, un tiempo en que se nos invita a poner los ojos en los miles de sacerdotes, religiosas y laicos que distribuidos por el mundo ponen su vida al servicio de Cristo para llevar el Evangelio por lugares insospechados.

En esta oportunidad queremos compartir una historia conocida por todos nosotros que tuvimos la posibilidad de escucharla en dos oportunidades. Hablamos de la religiosa colombiana Gloria Cecilia Narvaez cuya vocación misionera la llevó al corazón de África donde vivió momentos dificiles que no lograron detener su amor por Dios y los que más sufren.

La hermana Gloria Cecilia Narváez dejó Colombia para entregar su vida como misionera en África. En Malí, junto a otras religiosas, dedicó su vida a acompañar a los más pobres: atendía a niños, ayudaba a mujeres a aprender a leer y les enseñaba oficios para que pudieran salir adelante. Allí descubrió que ser misionera significaba, sobre todo, estar cerca de quienes más necesitaban esperanza y que eso también es una manera de anunciar el Evangelio.

Pero el 7 de febrero de 2017, su vida cambió. Fue secuestrada y permaneció cuatro años y ocho meses en cautiverio, trasladada de un lugar a otro, viviendo en condiciones extremadamente difíciles y separada de su comunidad y de su familia. Fueron años de incertidumbre, privaciones y soledad. Sin embargo, la hermana Gloria encontró en la oración la fuerza para seguir adelante. “Mi corazón y mi alma no estuvieron secuestrados”, ha contado al recordar aquella experiencia.

Pocos meses después de recuperar su libertad, llegó a Chile invitada por ACN para compartir su testimonio. Volvió a nuestro país en 2025. En ambas ocasiones, habló no solo de lo que había vivido, sino de aquello que sostuvo su vida durante el cautiverio: la fe, la oración y la certeza de que Dios no la había abandonado.

Lo que más sorprende de su testimonio, sin embargo, viene después. Al recuperar la libertad, la hermana Gloria no eligió el camino del rencor, no dejó dejó atrás su vocación misionera. Habló del perdón y de la necesidad de rezar también por quienes le habían hecho daño. Para ella, perdonar no significaba olvidar lo ocurrido, sino no permitir que el odio siguiera encadenando su corazón.

Hoy, su historia nos recuerda que un misionero no solo anuncia el Evangelio con sus palabras. También lo hace con su propia vida. La hermana Gloria llevó a África el amor de Cristo y, después de atravesar el sufrimiento, regresó con un mensaje todavía más profundo: el perdón puede abrir un camino hacia la paz y devolvernos una libertad que nadie puede arrebatarnos.

El sufrimiento no apagó su llamado.

Regresó a Colombia y hoy acompaña a mujeres que han vivido experiencias de violencia y vulnerabilidad, en comunidades en medio de la selva. Allí vuelve a hacer lo que hizo en África: estar cerca, escuchar, acompañar y llevar esperanza.

De su propia experiencia nació también un profundo llamado al perdón. La hermana Gloria ha hablado de perdonar a quienes la secuestraron, -porque como repite al contar su testimonio en el que se ve el dolor reflejado en sus facciones- descubrió que perdonar no significa negar el daño sufrido, sino impedir que el dolor y el odio tengan la última palabra.

Cambió el continente, pero no cambió su vocación. La hermana Gloria sigue siendo misionera allí donde más se necesita: acompañando a quienes sufren y haciendo presente el amor de Cristo. Su vida nos recuerda que una experiencia de dolor puede marcar nuestra historia, pero no tiene por qué detener la misión que Dios nos ha confiado.

Ella, sin buscarlo se convirtió en “una misionera que, después de haber vivido el cautiverio, convirtió su experiencia en un testimonio de fe, perdón y paz”.

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