Mientras el país se hunde en una crisis sin precedentes, corroído por las bandas armadas, la Iglesia permanece en pie, sembrando esperanza en medio de la desesperación.
Las elecciones legislativas y presidenciales que Haití debía celebrar el próximo 30 de agosto, las primeras desde el asesinato del presidente Jovenel Moïse en 2021, han sido aplazadas hasta diciembre. Sin embargo, los comicios siguen pareciendo una quimera en un país devastado por la violencia de las bandas armadas, que controlan amplias zonas del territorio.
«El restablecimiento de la seguridad es un requisito previo para la celebración de la primera vuelta», advirtió a finales de 2025 el presidente del Consejo Electoral Provisional. Por desgracia, desde entonces la llamada «Perla de las Antillas» se hunde cada día más en el caos y la celebración de las elecciones sigue estando en el aire.
Las bandas armadas controlan ya entre el 70% y el 90 % de la capital, Puerto Príncipe, así como los estratégicos departamentos de Artibonito y Centro, y continúan ampliando su poder. Mediante el cobro de peajes ilegales en las principales carreteras, se han convertido en los auténticos dueños del país, sembrando el terror en todo el territorio.
Su presencia no es nueva en Haití y se remonta a varias décadas atrás. Sin embargo, se fortalecieron especialmente en los años noventa, cuando el presidente Aristide, temiendo un golpe de Estado, desmanteló el ejército y creó una milicia paralela encargada de intimidar a la población. El punto de inflexión llegó en 2018, cuando el Gobierno recurrió a ellas para sofocar una amplia revuelta popular, abriendo así la caja de Pandora. Desde entonces, mediante asesinatos, secuestros y todo tipo de actividades ilícitas, han extendido su influencia con total impunidad, aprovechando la crisis política y económica para consolidar su poder.
En este contexto de miedo y de descomposición total de las instituciones, la Iglesia sigue acompañando a un pueblo que sufre. Sin embargo, la lacra de las bandas tiene un impacto devastador en el funcionamiento de las diez diócesis del país. En Puerto Príncipe, cuarenta parroquias han tenido que cerrar; unas quince en la meseta central y otras diez en Artibonito. Aunque las demás diócesis permanecen, por ahora, relativamente al margen, viven con el temor constante de una expansión de la violencia.
Por ser la única institución que denuncia abiertamente el control ejercido por las bandas, la Iglesia se ha convertido en un objetivo prioritario. «Somos el último muro de contención que queda: moral, ético, espiritual y profético… Por eso quieren eliminarnos», dice el obispo de la diócesis de Jérémie, Mons. Joseph Gontrand Décoste, en declaraciones a la fundación Ayuda a la Iglesia que Sufre (ACN).
El 31 de marzo de 2025 en la ciudad de Mirebalais, en el centro de Haití, la hermana Evanette y la hermana Jeanne, dos religiosas de la congregación de las Hermanitas de Santa Teresa del Niño Jesús, fueron asesinadas a manos de bandas armadas mientras se encontraban en misión. Su recuerdo aún sigue muy presente. En los siete primeros meses de 2026 también fue asesinado un seminarista y dos sacerdotes fueron secuestrados. Sin embargo, 2024 fue quizá uno de los años más difíciles, con el secuestro de nueve religiosas, cinco hermanos y cuatro sacerdotes.
Numerosas instituciones religiosas también han sido atacadas y obligadas a cerrar. Tras asaltar los edificios, las bandas los incendian o los convierten en sus bases de operaciones. También muchas escuelas católicas, algunas con más de un siglo de historia, han corrido la misma suerte. Nadie sabe si algún día podrán recuperarse ni en qué estado se encontrarán.
En medio de esta situación dramática, la Iglesia continúa su labor adaptándose constantemente y manteniendo una confianza inquebrantable. «En criollo decimos: “Pitit Manman Marie pa janm pèdi batay”, es decir: “¡Los hijos de la Virgen María nunca pierden una batalla!”», explica monseñor Decoste a ACN. «Por eso seguimos adelante».
La Iglesia ha puesto en marcha programas de enseñanza en línea, acoge a miles de desplazados en las diócesis del sur y del oeste, graba misas y programas religiosos a través de las radios diocesanas y mantiene, siempre que es posible, peregrinaciones y procesiones. Con frecuencia, los fieles desafían la inseguridad para participar en celebraciones importantes, como los viacrucis o las grandes fiestas marianas.
Y, de vez en cuando, se producen pequeños milagros. En Puerto Príncipe, en una zona conocida como «Village de Dieu» y controlada por las bandas, la parroquia de Santa Bernardita tuvo que cerrar. Sin embargo, con motivo de su fiesta patronal fueron las propias bandas quienes exigieron que reabriera y que se celebrara la festividad.
Los cerca de 200 seminaristas diocesanos continúan sus estudios como pueden, afrontando diariamente el peligro, ya que el Seminario Mayor Interdiocesano Nuestra Señora del Perpetuo Socorro se encuentra en Puerto Príncipe. De hecho, a veces tienen que tirarse al suelo y refugiarse debajo de la cama por miedo a recibir una bala perdida. Asimismo, los desplazamientos entre el seminario y las parroquias son extremadamente peligrosos y, en ocasiones, simplemente imposibles.
«Seguimos rezando, cantando y bailando. En Haití decimos: “Mientras no nos hayan cortado la cabeza, seguimos teniendo esperanza de poder llevar sombrero”. Por eso nunca perdemos la esperanza», concluye sonriendo monseñor Decoste.
Y añade: «Esta capacidad de resistencia es posible gracias al gran apoyo que sentimos por parte de organizaciones como Ayuda a la Iglesia que Sufre (ACN). Sus oraciones nos sostienen enormemente; sin ellas no podríamos seguir adelante. ¡Muchas gracias de todo corazón!».
ACN apoya a la Iglesia en Haití mediante el respaldo a emisoras de radio diocesanas, proyectos de energía solar y la formación y el sostenimiento de sacerdotes, religiosas y catequistas.