Carta desde Bangassou, Centroáfrica


 Vía Crucis

Queridos amigos de ACN:

La Semana Santa es para los cristianos el acontecimiento fundamental de nuestra fe y por eso tenemos que meditar el ejemplo de Jesús Cristo para nuestras vidas.  Yo llevo 12 años viviendo en la República Centroafricana, el país más pobre del mundo según las Naciones Unidas. Éste país sufre desde el 2012 una guerra interna entre grupos ‘seudoreligiosos’. Por un lado están los grupos no musulmanes, llamados Anti-balaka, y por otro lado los grupos musulmanes llamados Seleka, que sí son musulmanes, pero que no son muy practicantes y han sido manipulados por la política. Todos ellos están sembrando terror, lágrimas y sufrimiento en este país. Para mi contemplar el Via Crucis – el camino de la Cruz – es pensar lo que está viviendo este pueblo.

ACN-20180323-69429No es una crisis que empieza en el 2012, este es un país siempre en sufrimiento. Viven con un índice de pobreza extrema, tienen una esperanza de vida de 40 años, el 70% o más de la población es analfabeta, el 80% de los centroafricanos necesitan ayuda humanitaria para poder vivir, hay un índice altísimo de desplazados y refugiados… Este país me recuerda a Jesús llevando su Cruz. Me imagino que esa subida al Monte Calvario fue para Él como años y años de sufrimiento, esperando a que eso terminase de una vez por todas. De esa manera también lo vivimos nosotros aquí. Caminamos, hacemos lo que podemos para llevar la Iglesia adelante… y sobre todo rezamos constantemente para que esto termine de una vez por todas. Así es como viven la mayoría de los habitantes de esta tierra. Nosotros los sacerdotes lo vivimos con el pueblo; cuando el pueblo sufre, nosotros sufrimos con ellos. Así es como se vive este calvario, este camino de la Cruz, aquí en República Centroafricana.

Pasión sufrida con cada caída de Jesús: cada momento de dolor, ese encuentro con su madre, es como la vida de cada centroafricano cuando tiene que esconderse de las balas, cuando tiene que tomar las pocas pertenencias de su casa y salir corriendo, atravesar el río y llegar al Congo y mirar desde la otra orilla cómo su casa se quema, se queda en nada. Pero en su oración él dice “gracias a Dios estoy vivo, tengo mis manos y mis pies, tengo a mi familia y a mis hijos…”. 

Estamos vivos. Y las cosas sencillas como abrir los ojos por la mañana y poder decir “tengo un día más”, es un paso que nos anima: “Vamos a llegar, esto acabará, sigamos adelante”.

Este país camina en un Vía Crucis y pareciera que termina con la muerte. Pero la muerte tiene que vivirse. La muerte de Jesús fue una muerte injusta. La muerte de Jesús según la visión teológica cristiana no es solamente la muerte natural, que todos la tenemos que pasar en algún momento. En la Biblia se habla mucho de la muerte como consecuencia del pecado. Y quisiera hablar de esos momentos de muerte que encontramos también en la realidad centroafricana: el no aceptar la diversidad, la maldita indiferencia y la miseria.

Una de las raíces de la crisis centroafricana entre musulmanes y no musulmanes es la incapacidad de vivir juntos, de formar un solo pueblo. El tribalismo que llega hasta tal punto que uno olvida aceptar al otro y amar eso que es diferente. Eso es un signo de muerte para este pobre pueblo centroafricano.

El segundo es la maldita indiferencia. La indiferencia del corazón que no se conmueve ante el sufrimiento del otro. Ante los dolores de Cristo Jesús muriendo en la Cruz, los ojos de su pueblo eran indiferentes. La crisis centroafricana sale cinco minutos en algún noticiero en vuestros países y se termina como si la crisis hubiera desaparecido. Se cuentan los muertos por miles y así alguna persona dice “que terrible” y todo se termina. Delante de la tragedia de un pueblo decimos “qué terrible”, cerramos los ojos y seguimos nuestra vida. Nosotros como cristianos no podemos ser indiferentes, si somos indiferentes estamos muertos. Cuando alguien se pregunta: ¿qué puedo hacer?, ahí hay esperanza.

Eso también pasa aquí. El pueblo se acostumbra a la muerte, a los tiros, a las armas. Ya no le conmueve nada, ya no le da miedo nada. La gente dice “ya estamos acostumbrados a esta música”, la música son los tiros de todos los días. Aquí es raro ver a un anciano. Vemos las iglesias llenas de jóvenes en África, ¡cuántos jóvenes, cuanta gente! y ¿por qué no hay ancianos en misa? Porque ya murieron. La mitad de esos niños que hoy están en la foto, mañana no estarán.

El tercer signo de muerte es la miseria. No digo pobreza, porque la pobreza es una virtud. Digo miseria, que es egoísmo; es cerrarse en sí mismo, pensar en mi propio bien, mi pequeña casita, mi olla. No soy capaz de dar la mano al otro, no soy capaz de esconder a un hermano mío que es de otra religión. Y ante eso tenemos que vencernos, seamos generosos y así estaremos también venciendo este pecado, este mal. Un día vi con mis propios ojos cómo un musulmán, salvó la vida de su pueblo. Era un día en el mercado, otro hombre, también musulmán, quiso explotar una granada aferrada a su cuerpo en medio de toda la gente. El primer hombre, que era un señor mayor, dijo “no te dejaré hacer daño a este pueblo”, se tiró encima, lo agarró con fuerza y puso la granada entre él y su cuerpo. Los dos murieron, pero salvó a una cantidad de gente enorme. He visto también un  muchacho joven cristiano salvar la vida de una chica musulmana haciéndola pasar por cristiana para traerla hasta la catedral. La hizo pasar por su amiga. La agarró del brazo y caminó con ella, reían y contaban chistes para que la chica, que estaba muerta de miedo, pudiera pasar todos los lugares donde estaban los anti balaka, esperando para matar cualquier musulmán que encontraran en la calle. Esa niña pensaba que había perdido a toda su familia, sin embargo al tiempo se reencontraron. Eso no es un corazón miserable, ese es un corazón que se abre a los demás.

Hablar de la Resurrección, hablar de Cristo Resucitado, es hablar de nuestra esperanza cristiana. Es hablar de una vida después de la muerte. Aquí en Centroáfrica, viendo esta guerra, viendo este dolor, siempre hay signos de esperanza y de vida. Hoy mientras enviaba estos mensajes, empezó a caer la lluvia, hacía más o menos cuatro días que no llovía y el termómetro marca hasta 45 grados de calor, es típico en este país, en el centro del África. La caída de esta lluvia es como un signo, ya que los corazones están caldeados de tanta violencia en estos días, los corazones están resecos de tanto escuchar tiros, de ver tantas muertes… Dios abre el corazón para que vea esta lluvia como signo suyo. Una palabra del profeta Isaías (55.10-11) dice: “Así como la lluvia y la nieve empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, producen la semilla para sembrar y el pan para comer, así también mi palabra no vuelve a mí sin producir efecto.” Sigue lloviendo y tengo ganas de cantar estas palabras de vida. Jesús es la palabra que vino desde el cielo, que calló en tierra con su sangre derramada y que desde la tierra germinó con nueva vida y esa es la vida que nosotros llevamos dentro, como cristianos. Esa esperanza de que no todo termina en la muerte y de que vale la pena vivir. Nos lo muestra Jesús, que venció la muerte y que está vivo para siempre.

Estoy a punto de tomar el avión para ir a otro lugar a unos cien kilómetros de aquí y así poder trabajar, porque aquí no podemos salir de la casa apenas. Pero no por eso pierdo la esperanza en este pueblo, no me voy pensando en que todo ha sido inútil, sino simplemente que Dios sigue la obra en los corazones de esas personas.

El corazón siente la alegría de la Resurrección, de saber que nuestra vida tiene sentido y que tiene sentido hacer el bien al otro. Allí está la obra de Cristo, allí está la obra de la redención, allí está la resurrección y la esperanza que portamos nosotros los cristianos. No por nuestros méritos, no porque seamos mejores que los otros, no lo creo… sino por la esperanza que tenemos nosotros los cristianos y que es llevar la alegría de vivir una vida nueva en Cristo Jesús.

 ¡Recen por nosotros! ¡Que Dios les Bendiga!

Padre Yovane Cox

Bangassou, 21.03.2017

Ayuda a la Iglesia que Sufre acaba de aprobar una ayuda de emergencia de $17.000.000 para la diócesis de Bangassou.

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